EN PERSONA

Víctor Márquez Reviriego, nacido en la localidad onubense de Villanueva de Castillejos en 1936, es el periodista al que debemos la crónica de los primeros pasos de la democracia parlamentaria española. Licenciado en Ciencias Políticas y graduado en periodismo, comenzó su carrera periodística en diarios de su provincia natal, Huelva, y en 1965 se incorporó a la redacción de la revista Triunfo, en la que permaneció hasta 1982, y de la que fue redactor jefe. En esta prestigiosa revista publicó durante años su columna periódica Apuntes Parlamentarios, en la que recuperaba la mejor tradición de los cronistas de Cortes. También ha trabajado para los diarios ABC, El Mundo, El País, las revistas Cambio 16, Leer o Tribuna, ha colaborado en las cadenas de radio SER y COPE y ha sido jefe de prensa del Defensor del Pueblo en el año 2000.

Márquez Reviriego es también autor de varias obras relacionadas con sus experiencias como periodista parlamentario, desde 1977 a 1981, en un periodo clave de nuestra historia reciente. En sus Auténticas entrevistas falsas, en las que simula entrevistas a grandes figuras de la historia, la literatura, la política, la ciencia y otras disciplinas, como Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Albert Einstein, Erasmo de Rotterdam, Julio Verne, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Machado, Charles Darwin, Manuel Azaña, Pablo Iglesias o José Ortega y Gasset; la trilogía que forman La tentación canovistaEl pecado consensual y Escaños de penitencia, publicadas en 1978, 1979 y 1981 respectivamente, editadas posteriormente por el Congreso de los Diputados como Apuntes parlamentarios, título original que llevaban sus crónicas en Triunfo.​ También ha publicado ensayos como Diálogos españoles o Felipe González: un estilo ético, conversaciones con Víctor Márquez Reviriego (1982),

Su labor como cronista parlamentario ha sido reconocida con prestigiosos galardones como el Premio Nacional de Periodismo en 1983 a sus reportajes y artículos literarios, el 16º Premio Espejo de España, convocado por la editorial Planeta, por su obra El desembarco andaluz, y el Premio González Ruano. En 2008 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Huelva.

Quien sabe crear un buen periodismo, lo puede hacer con pluma de ave, con palimpsestos, sobre tablillas o de la forma digital. La persona es más importante que la técnica”

Una crónica no es una información exactamente. Tiene información, y se supone que tiene una aportación de opiniones y de interpretación que da el que la escribe; pero la información es básica. Y, cuanto más se aporte, pues mejor. De esta manera, si tú la ilustras con un ejemplo del siglo XIX, de las Cortes de la República o de la Restauración, le das una referencia histórica al lector que simplemente siempre le ayuda a entender mejor lo que está ocurriendo.

Yo entiendo la crónica como el relato de unos hechos a través del tiempo, no como un pequeño apunte; aunque a mis crónicas les llamé Apuntes precisamente porque me lo tomé como un estudiante que empezaba un curso nuevo, que yo creo que todos lo empezábamos, como si fuera un alumno que tomaba notas.

Los cronistas parlamentarios

La crónica parlamentaria propiamente dicha empieza en las Cortes de Cádiz, y la hay en todo el siglo XIX. La crónica parlamentaria más clásica en España es Galdós, Azorín y Fernández Flores sobre todo. Y, modernamente, en la época de la Transición, dejé de ir a la Tribuna de Prensa porque era desolador, no había nadie, como ahora. No obstante, afortunadamente, funciona mejor la sala de prensa y hay monitores de televisión. En cambio, cuando empezó en el 77 las Cortes democráticas de la Segunda Restauración, no se cabía en la Tribuna de Prensa porque, no solo venían periodistas, sino que durante la primera legislatura venía muchísima gente.

Yo llegué a ver un día hasta a Massiel, la cantante. En la Tribuna nos llevábamos todos bien y nos terminamos conociendo. De hecho, llegué a estar ahí por poco tiempo, pero a veces estaba con gente que venía de otra época. Yo conocí por ejemplo a Augusto Assía, un periodista histórico de la época de la Monarquía y luego de la República; a Josefina Carabias, que vino algún día. Mi amigo de siempre era Luis Carandell, que siempre estábamos los dos juntos; incluso en el 23F. Estábamos los dos sentados y mi crónica la hice en una libreta, que apoyaba sobre la espalda de Carandell, contando cosas cuando estábamos echados.

Las cualidades del cronista parlamentario

El periodista tiene que tener el aguante de un periodista de agencia, porque no vale decir “voy un cuarto de hora y me voy”, sino que hay que estar todo el tiempo. Si no estás todo el tiempo, te puedes perder lo más importante. Desde una experiencia personal: cuando entró Tejero en el Congreso, en el Hemiciclo, el 23 de febrero de 1981, se estaba procediendo a la votación. La votación era oral y los parlamentarios, una vez que empezaba la votación se cerraba la puerta del Hemiciclo, no podían ni entrar ni salir, pero los periodistas estábamos en la Tribuna y podías entrar y salir todo lo que quisieras. Era muy corriente que muchos periodistas se fueran en una votación oral de ese tipo porque duraba muchísimo tiempo, y era muy aburrido; el secretario leía el nombre y se levantaba para decir “sí”, “no” o “abstención”.

Yo estaba siempre sentado junto con Luis Carandell, un viejo amigo mío de siempre, y recuerdo que unos días después de lo de Tejero dijo “nosotros que venimos aquí todos los días, si ese día se nos hubiera ocurrido estar fuera”, porque la votación es muy aburrida, “nos hubiéramos perdido lo más importante que hemos visto en este Parlamento”. Por eso digo que hay que estar como si se fuera un periodista de agencia, continuamente. Hay que tomar nota de todo y después desechar casi todo de todo, y quedarse con la almendra y con lo más importante. Luego lo ideal es que el periodista o cronista sepa escribir y escriba bien, y que tenga una cultura histórica aceptable. Con todo eso, se puede decir que se puede sacar una buena crónica parlamentaria, cuyo objetivo fundamental es que quien la lea se entere de lo que ha pasado.

Hay que tomar nota de todo y después desechar casi todo de todo, y quedarse con la almendra y con lo más importante. Luego lo ideal es que el periodista o cronista sepa escribir y escriba bien, y que tenga una cultura histórica aceptable”.

El papel del periodismo durante la Transición

Creo que es importantísimo, entre otras cosas, acercar a los políticos a sus votantes y contribuyó mucho también que sobre todo en las primeras legislaturas hubo mucho contacto entre periodistas y políticos. Eso fue bueno para los periodistas en el sentido de que podían sacar más información, pero para los políticos también, ya que podían a su vez sacar ellos otra información que es la que les llegaba de la calle. Porque realmente cuando alguien accede a un puesto político, aún sin quererlo, se termina produciendo un distanciamiento con los votantes y con los electores, los que al fin y al cabo lo han colocado en el lugar en el que está. Y, en ese sentido, ese contacto que hubo entre prensa y política fue interesante como un flujo continuo de doble dirección: del periodismo hacia la política, y de la política hacia el periodismo. El periodista podía informar mejor de las decisiones del poder y el político podía ayudarse para tomar sus decisiones de los intereses que le llegaban desde los electores vía periodismo.

Curiosamente yo despachaba en el bar que entonces estaba en el vestíbulo donde está ahora la estatua mármorea de Isabel II, que ese vestíbulo lo convirtió en bar el Conde de Romanones cuando era presidente del Congreso a principios del siglo pasado, motivo por el cual se le puso un nombre un poco chusco o popular: “La Taberna del Cojo”, porque el Conde de Romanones cojeaba un poco. Ahí había muchísimo contacto entre políticos y periodistas. Cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, lo primero que hizo Gregorio Peces Barba, presidente del Congreso, fue quitar ese bar, el bar del cojo, porque se atribuía a que la caída de UCD en parte había venido al exceso de confianza entre políticos y periodistas, que terminaban enterándose de cosas y después eran contadas. Esto fomentó la disensión y el enfrentamiento entre las diversas familias de UCD, del partido que había gobernado las dos primeras legislaturas.

Si hay algo en la etapa de la Constituyente y en la etapa de la Transición, es que la gran mayoría queríamos lo mismo. Los políticos querían que se llegara a una Constitución que sirviera para todos por vía del acuerdo y del consenso; y los periodistas también.

Los políticos querían que se llegara a una Constitución que sirviera para todos por vía del acuerdo y del consenso; y los periodistas también”.

La crónica para divulgar el procedimiento y los temas a debate 

Vino gente al principio que no distinguía el Congreso del Senado; pues hasta que había que explicar en una crónica cómo era el Congreso, qué era el Senado, qué era una Comisión, qué era una Ponencia. Yo me veía muchas veces con Arias Salgado, que luego fue Ministro, que me explicaba muchos de los trámites. Además de Salgado, Pérez Llorca, Solé Tura del entonces partido comunista, Peces Barba, me explicaban un poco del procedimiento parlamentario; teniendo en cuenta mis estudios como Licenciado en Ciencias Políticas. Es decir, que algo he estudiado de estos asuntos. Eso en cuanto al procedimiento. Yo creo que fue importante y traté de hacerlo siempre lo que explicamos en las crónicas, en lo que escribimos para que se entendiera como funciona un Parlamento.

Los temas eran capitales, tan capital como la pena de muerte. Creo que los temas contribuyeron mucho a contar cómo se elegirían los alcaldes, cómo se harían las listas parlamentarias, si debe de haber o no pena de muerte, si el Estado iba a ser centralista o autonómico. No digo que convirtiéramos la Constitución en algo popular, como si fuera un partido de fútbol, pero por lo menos a que la gente se enterara realmente de muchas cosas. Y la prueba de ello es que la gente estuvo hasta las tantas de la noche siguiendo la moción de censura de mayo de 1980 del PSOE de Felipe González a la UCD y al Gobierno de Adolfo Suárez, que se retransmitió en directo por televisión en montones de hogares españoles de pueblos perdidos. Quiero decir que popularizar o, por lo menos, extender el conocimiento de la temática parlamentaria, lo conseguimos mucho.

Dar a conocer a los parlamentarios

Puede parecer fatuo, pero traté de humanizar que Manuel Fraga no era solo un franquista autoritario, sino que tenía voluntad de que se hiciera una Constitución y de trabajar parlamentariamente; y que Santiago Carrillo no era la encarnación de Satanás, los rojos malísimos, sino que era un hombre que estaba luchando porque hubiera una democracia en España. Pienso que contribuí con esos dos y con otros muchos. A Ramón Tamames, le hice una especie de etopeya o descripción grandísima, pero claro es que Ramón era todo: era economista, abogado, alpinista, escritor. De este modo, contribuí a dar un conocimiento personal de muchos parlamentarios.

Hubo otros a los que yo, retomando una expresión de la época de Cádiz, les llamaba los ‘culiparlantes’ porque no hablaban nunca, y su única forma de hablar era levantarse a votar. De esos conté menos cosas, pero de la gente más conocida y más notoria creo que contribuí a dar un cierto retrato humano de cada uno. Desde equivocaciones frecuentes de Fernando Álvarez de Miranda, hombre perfectamente bien intencionado y que contribuyó bastante al consenso, hasta la meticulosidad absoluta del siguiente presidente del Congreso, que fue Landelino Lavilla, quien se tenía preparados los plenos como el temario de una oposición. Él había sido un brillantísimo opositor a letrado del Consejo de Estado; precisamente del que ahora es miembro permanente.

Contribuí a dar un conocimiento personal de muchos parlamentarios”.

Auge y crisis de la crónica parlamentaria

Una de las consecuencias de que la crónica parlamentaria perdiera interés para el público era que, en los años de la Transición, en la segunda mitad de los años 70 y principio de los 80, y sobre todo en la época Constituyente, se debatían cosas muy importantes y que interesaban a todo el mundo. Se debatía por ejemplo si iba a haber pena de muerte o no; si realmente se iba a tener una democracia de un tipo u otro; si la mayoría de edad iba a ser a los 21 años o a los 18; si España iba a ser un Estado centralista o iba a ser un Estado autonómico; si la mujer iba a tener los mismos derechos que el hombre o iba a ser como en otra época donde tenía bastantes menos derechos. Quiero decir que en la época Constituyente todos los temas eran capitales. No obstante, siempre había asuntos muy importantes desde la época medieval donde las Cortes eran de otro tipo, predominando la cuestión del dinero que la monarquía, que el Rey pedía a las Cortes para sufragar sus guerras. Después, en etapas más modernas y contemporáneas, eran los presupuestos, aunque eso sigue siendo importantísimo, pero se queda reducido a eso. Yo llamaba la ‘semana del duro’ a aquella semana en la que los presupuestos se debatían en la comisión presupuestaria. Quiero decir que han perdido interés capital muchos de los grandes temas y de los grandes asuntos que se debaten, siendo importantísimos también, pero ya no tienen el carácter que afectaba a todo el mundo que tenían antes.

Han perdido interés capital muchos de los grandes temas y de los grandes asuntos que se debaten, siendo importantísimos también, pero ya no tienen el carácter que afectaba a todo el mundo que tenían antes”.

Los debates parlamentarios

Los Parlamentos estaban más vivos que en la Transición. El Parlamento español a partir de 1977 incorpora algo que antes no había, que eran los Grupos Parlamentarios. Alguien que fue letrado mayor de esta casa, Pérez Serrano, hijo de un ilustre catedrático de derecho político, creo que hizo la tesis doctoral sobre los Grupos Parlamentarios. Dichos grupos facilitaron el desarrollo del parlamentarismo, pero al mismo tiempo coartaron la espontaneidad. Es decir, en otra época, un diputado, un parlamentario, se levantaba, interrumpía y hablaba. A partir de que existieron los grupos, todo estaba mucho más reglado y realmente en la época de la Transición nadie se movía en el Grupo Parlamentario de UCD sin que lo dijera José Pedro Pérez Llorca, que era el que pastoreaba; o nadie se levantaba en el PSOE sin que no pasara por Gregorio Peces Barbas; o Carrillo en el Grupo Parlamentario comunista. En ese sentido, antes eran más anecdóticas y más vivas, pero seguramente después han sido más eficaces, el trabajo rendía más, el trabajo parlamentario. El otro evidentemente era más divertido.

La Transición, en pocas palabras

En muy poco tiempo, se consiguió pasar de un régimen dictatorial y sin libertades a un régimen democrático ciertamente no perfecto, pero es muy difícil que haya una democracia perfecta. Para mal o para bien, que se decanta para más bien que mal, ha funcionado durante cuarenta años y nos ha permitido pasar cuarenta años de verdadera paz, con problemas, por supuesto; pero la valoración es grande, el resultado es muy positivo.

La crónica parlamentaria en el escenario digital

Estoy ya jubilado desde hace años, y soy más analógico que digital. Creo que podría facilitar muchísimo las cosas si hubiera más blogs que hablaran del Congreso. Habría una especie de crónica parlamentaria menos selecta quizá, pero mucho más extendida. De todas formas, siempre la tecnología condiciona, pero no mata nunca. El que escribe, sabe escribir; o quien sabe crear un buen periodismo, lo puede hacer con pluma de ave como se hacía en otra época, con palimpsestos, sobre tablillas como se hacía en la escritura jeroglífica de los egipcios o de la forma digital. La persona es más importante que la técnica.

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