EN PERSONA

Carmen Iglesias (Madrid, 16 de marzo de 1942) es una historiadora, profesora y académica experta en el siglo XVIII. En 1991, ingresa en la Real Academia de la Historia, y desde el 12 de diciembre de 2014 es directora de esta institución, siendo de esta manera la primera mujer en ocupar el cargo. Anteriormente, ocupó el cargo de máxima dirigente en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, y consejera nata del Consejo de Estado (1996 – 2004). En este puesto, Iglesias coordinó y escribió el prólogo de la obra “Símbolos de España”, que fue galardonada con el Premio Nacional de Historia de España en 2000.

Especialista en historia moderna europea y española y en otros temas de filosofía política de distintas épocas, ha publicado varios libros, como ‘El pensamiento de Montesquieu: política y ciencia natural’ (1984) o ‘No siempre lo peor es cierto. Estudios de historia de España’ (2009) y numerosas monografías; además, ha impartido cursos en universidades españolas y extranjeras.

Carmen Iglesias ha recibido el Premio Montesquieu (1985), que otorga la Academia Francesa; la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (1995) por su contribución en grado extraordinario al desarrollo de la educación, ciencia, cultura, docencia o investigación; el Premio Lafuente Ferrari (1999) de la Asociación de Críticos de Arte de Madrid; y el Premio de Investigación Julián Marías de Humanidades (2006), entre otras distinciones.

Por otro lado, en mayo de 2014, el rey Juan Carlos le concedió el título de condesa de Gisbert por su “brillante e intensa labor académica y docente”. Y, en 2015, obtuvo el XIX Premio Antonio de Sancha, entregado por la Asociación de Editores de Madrid, en reconocimiento a “su compromiso con el mundo de la cultura y su destacado papel en la defensa del libro en las instituciones”.

 

 

La historia lo que nos enseña es que todo es efímero, todo pasa y que ha costado tanto esa tela de Penélope, que es la democracia. La democracia no es una cosa que se consigue y que se pone en una Constitución y ya está, sino que hay que trabajarla día a día. Y hay que saber lo que cuesta eso y cómo se puede perder.

 

Historia del constitucionalismo español

En los comienzos de la etapa constitucional, en todos los países, ha sido en un principio difícil y conflictivo porque es un cambio de sistema importante. Y España se inicia con la famosa Constitución de 1812, La Pepa, donde por primera vez ya se afirma la soberanía de la nación, la igualdad de españoles en la península y españoles de América, que es muy importante, las libertades. Es decir, es una Constitución como sabemos muy avanzada para la época, también muy propia de la época respecto a los elementos religiosos que contiene y establece ya esa idea de monarquía constitucional que es importante.

Se trata de que los poderes que tenía el rey en el absolutismo, que no quiere decir que fueran ilimitados porque una característica de la monarquía en occidente ha sido que no podía ser despótica, aunque a veces lo fuera, de hecho, en algunos momentos y en algunos países, pero estaba condenada tanto desde el punto de vista moral y religioso como desde el punto de vista de que como ya explicó Bodino: “Las limitaciones de que no se podía atentar contra la propiedad y la libertad de las familias”. Y luego, por las propias leyes del reino; eso es importante porque a veces cuando decimos monarquía absoluta parece que es una monarquía ilimitada, no, una monarquía ilimitada hubo en países de oriente, pero en occidente siempre hubo por lo menos la frontera que no se debía pasar. Y si se pasaba, pues había revoluciones.

El paso de esos poderes que en la práctica eran extensísimos y el paso sobre todo de una sociedad de órdenes, es decir, una sociedad estamental en la que lo fundamental era el criterio de nacimiento: si nacías en un estamento o en otro, ahí te quedabas más o menos, había cierta movilidad social, pero no mucha.

El periodo constitucional lo que trae es la libertad para todos y la sustitución del criterio de nacimiento por el criterio del mérito. Es decir, el pasar de una sociedad estamental de grupo donde ya está todo delimitado y determinado, a una sociedad donde la libertad es de todos los individuos, de todas las personas, hombres y mujeres. Naturalmente estos son todos los principios, luego la puesta en práctica es más difícil.

El periodo constitucional lo que trae es la libertad para todos y la sustitución del criterio de nacimiento por el criterio del mérito.

En ese momento, en ese siglo XIX, sabemos que fue muy conflictivo porque la soberanía era compartida en poder ejecutivo entre el Rey, las Cortes y el Parlamento. Y, eso traía conflictos en los que no podemos detenernos ahora y había lo que llamamos ‘golpes de los partidos’, golpes de Estado en donde siempre están militares, pero siempre están detrás los partidos civiles.

Es muy diferente el pretorianismo que se llama a lo que se hace en el siglo XIX, al militarismo que existe en el siglo XX. Y lo importante, lo positivo es que, a pesar de todos los vaivenes y a pesar de las guerras carlistas que fue nuestro principal cáncer de la época (la guerra carlista estalla nada más morir Fernando VII), se da ese Estatuto Real de 1834 hasta que viene la primera revolución liberal con la Constitución de 1837, que fue avanzadísima para la época y algunos de sus logros quedó después en todas las demás constituciones.

El paso de una Constitución a otra no es solamente en España. Francia tuvo todavía más constituciones que nosotros porque se pensaba la Constitución en el siglo XIX con sentido político y por eso cada partido, cada grupo, extraía su propia Constitución debajo del brazo.

En el XIX hubo también la ruptura del 1868 que no fue ruptura republicana porque era la expulsión de los borbones y el intento de que viniera otro Rey, que fue la Primera República, la que duró solamente un año y poco. Y luego la Restauración, que esa Constitución de Cánovas y Sagasta fue una concordia. Hay que recordar que Sagasta estaba condenado dos veces con una doble pena a muerte y desterrado. Cánovas y Sagasta hicieron unos pactos de concordia que permitió que en todo el final del siglo XIX España pudiera desarrollarse en calma e industrialmente como era necesario. En el siglo XX, esa Constitución no es suficiente, empieza, además, los años veinte en toda Europa, y los años treinta en los que se pensaba que lo que se necesitaba era un hombre de hierro; y así surgieron los dictadores.

Cánovas y Sagasta hicieron unos pactos de concordia que permitió que en todo el final del siglo XIX España pudiera desarrollarse en calma e industrialmente como era necesario.

Poco a poco en la medida en la que se ha ido desarrollando la sociedad occidental, y también España, hemos pasado más al concepto de Constitución que es el norteamericano, en el que la Constitución es un marco jurídico que está por encima de todo y que es el imperio de la ley, pero por encima del imperio de la ley, por encima  del legislativo para que nos entendamos, está la Constitución. Esto es un avance muy importante porque nos afecta a toda la sociedad.

En España en 1931 se aprueba una Constitución que tiene muchos valores y que la Constitución de 1978, los padres fundadores la tuvieron muy en cuenta, pero naturalmente la del 31 no se hizo con la concordia y con el consenso que tuvo la del 78. La propia comisión constitucional que se formó acabó un poco con unas tensiones muy grandes, acabó siendo en parte partidista y como sabemos desembocó al final en una Guerra Civil. Pero hubo ya atisbos que luego recogió la Constitución del 78 dentro de la concordia, como era el Tribunal Constitucional, el Tribunal de Garantías era el del 31 y ese marco jurídico, esa idea de que la Constitución es un gran marco jurídico que más que el detalle, se desarrolla aparte, pero es lo que nos ampara a todos en las libertades y en los derechos.

 

La España de la Transición

En los años 70 vivíamos en aquel momento lo que denominamos tardofranquismo. El franquismo que se impuso, que fue una dictadura pura y dura, pero pasó por etapas muy distintas, eso hay que tenerlo muy en cuenta. No tiene nada que ver los tremendos años cuarenta, de la posguerra con ya los años, principios de los sesenta, a partir del cincuenta y nueve y de todas las reformas que se hacen.

Y en los setenta se ha llegado a una situación en que la sociedad se ha desarrollado tanto económica como culturalmente muchísimo y, sin embargo, el gobierno, el régimen político, pues sigue afianzado. Yo siempre digo que el que realmente Franco muriese en la cama por un lado y que hasta el final estuviera firmando penas de muertes y manteniendo lo de vencedores y vencidos, ha sido una herencia muy nefasta en todos los sentidos. Es obvio.

Pero la sociedad iba por otra parte. La sociedad tuvo y los que en aquel momento tomaron el mando político eran muy conscientes de que no se podía volver de ninguna manera a los años 30 y cuarenta, que no se podía volver a la Guerra Civil. Yo siempre recurro en este asunto a Hannah Arendt y Ágnes Heller, que creo que han sido las mejores pensadoras que mejor han expresado esa dificultad que hay cuando hemos tenido un conflicto serio, el momento del punto cero, es decir, el momento de no olvidar, no es amnesia, sino que es amnistía para que las siguientes generaciones puedan seguir adelante. Ese punto cero en que hay que combinar la necesidad de supervivencia y también la justicia, entonces eso siempre es una tensión que la seguimos teniendo en parte, pero que fue muy importante en los años 70 que se tenía muy claro que no se quería volver a los conflictos, que queríamos la concordia.

En los setenta se ha llegado a una situación en que la sociedad se ha desarrollado tanto económica como culturalmente muchísimo y, sin embargo, el gobierno, el régimen político, pues sigue afianzado.

En la Universidad era un hervidero antifranquista, la sociedad estaba muy desarrollada, todo aquello del contubernio de Múnich, todos los contactos que se hicieron entre los republicanos exiliados, y luego hubo una baza importante en el momento en el que muere Franco, en el 75 que insisto en cómo murió en su cama firmando penas de muertes y vencedores y vencidos y, sin embargo, la sociedad española y los políticos intentaron que no se volvieran a repetir. Es importante que no hubo después de lo que pasó en el 31, vacío de poder. Aquí estaba el Rey don Juan Carlos que de una manera bastante generosa y lúcida supo también colaborar con el pueblo y con los políticos; con esa sociedad que pedía libertades y homologarse porque otras cosas ya estaban homologadas en otros países de Europa. Pedía esa homologación y eso fue lo que se hizo en ese periodo difícil entre el 75 y el 78.

Yo que pertenezco a ese momento indudablemente se vivió con incertidumbre, pero con esperanza y desde luego con una decisión de que teníamos que seguir adelante. Yo siempre recordaré el entierro de los asesinados en Atocha. En aquel entierro podía haber pasado cualquier cosa porque había una inestabilidad, había habido como sabemos algunos muertos y, en fin, tensiones muy graves. Y, sin embargo, yo creo que allí estaban todas las fuerzas vivas, todas las personas que confiábamos en esa seguridad.

Ese momento indudablemente se vivió con incertidumbre, pero con esperanza y desde luego con una decisión de que teníamos que seguir adelante.

El momento en que el Partido Comunista se legalizó, esa es la inflexión decisiva para hacer unas elecciones libres y que en aquel momento Carrillo y el Partido Comunista tuvieron la lucidez y la generosidad de reivindicar la monarquía y la bandera española y en que todo había ese afán de concordia que como decía Aristóteles: “La concordia no quiere decir que todos pensemos igual”, ni muchísimo menos, pero sí que se establece lo que el gran filósofo llamaba la “amistad civil”, es decir, vamos a vivir civilizadamente y vamos a ceder unos y otros lo que haya que ceder para que podamos tener una convivencia pacífica. Dentro de los conflictos la condición humana es conflictiva por definición, pero que se puede arreglar por el diálogo y por los acuerdos.

 

¿Respondía la Constitución a las demandas de la sociedad?

Yo creo que responde totalmente, pero yo creo que el problema que tenemos en el siglo XX y desde luego en esos años, no es el problema de forma de Gobierno, el problema no es entre monarquía o república, sino entre democracia o dictadura. Y por lo tanto, lo que la sociedad quería y desde luego lo que aquellas generaciones queríamos era democracia. Si la democracia, como ocurre en otros países europeos, se estabiliza y se hace realidad con un monarca en una monarquía parlamentaria, ahí están los referéndums y los millones de españoles que votamos sin ninguna duda, por esa estabilidad, por ese futuro y para que las siguientes generaciones vivieran una sociedad como la que se ha vivido durante cuarenta años.

Es una Constitución de una importancia histórica fundamental, porque es la Constitución que evitó enfrentamientos civiles y que nos ha dado una estabilidad, insisto, con fallos y con cosas que hay que reformar, pero abierta para el futuro.

La historia lo que nos enseña es que todo es efímero, todo pasa y que ha costado tanto esa tela de Penélope, que es la democracia. La democracia no es una cosa que se consigue y que se pone en una Constitución y ya está, sino que hay que trabajarla día a día. Y hay que saber lo que cuesta eso y cómo se puede perder.

 

Balance de cuatro décadas

Los logros de estos 40 años han sido desde luego una estabilidad, un desarrollo económico, social y cultural importante, pero ha habido también fallos. Saber historia es muy importante y uno de los fallos que creo que ha tenido nuestra democracia es en la educación. Yo creo que ha faltado una educación, que ha sido buena en algunas cosas, pero que sufre una desfragmentación tremenda en cuanto a la pérdida de estudio de humanidades y de cómo entender la historia. De tener unos elementos generales que se pueden estar poniendo y enriqueciéndolos con nuevas fuentes, no son datos de una vez para siempre, pero que son comunes a todos.

Saber historia es muy importante y uno de los fallos que creo que ha tenido nuestra democracia es en la educación. Yo creo que ha faltado una educación, que ha sido buena en algunas cosas, pero que sufre una desfragmentación tremenda en cuanto a la pérdida de estudio de humanidades y de cómo entender la historia.

 

El Estado de las Autonomías

El Estado de las Autonomías, en ciertos sentidos, es muy importante. Recuerdo la alegría con la que viajábamos por toda España en la primera o segunda década de estos cuarenta años, puedo destacar cómo estaba de cuidado el patrimonio. El Estado de las Autonomías ha servido mucho para revitalizar las distintas regiones, las distintas ciudades, incluso las aldeas, pero ha sido llevado a un extremo que ha conducido a una fragmentación excesiva. El día que yo supe que las ambulancias no podían pasar de una autonomía a otra, realmente fue muy preocupante porque eso es volver al antiguo régimen, pero al antiguo régimen de verdad, al histórico, al de las aduanas interiores. Creo que ha faltado un sentido de estado, un sentido de pertenencia a una comunidad, además de que falta una educación cívica importante. Surge una fragmentación de la sanidad y de la educación, incluso un gasto ostentoso que en las primeras décadas era algo estupendo de ver, ya que se revitalizaban los distintos territorios. Llega un momento en el que todo se hace ostentación, se hace desde un punto de vista político, electoralista, a corto plazo, y eso creo que ha conducido a un estado en el que tenemos que hacer indudablemente varios ajustes. Espero que se hagan, eso sí, con la concordia y con la discusión, que no es nada fácil, pero que sean con la concordia que se utilizó entre 1975 y 1978.

Creo que ha faltado un sentido de estado, un sentido de pertenencia a una comunidad, además de que falta una educación cívica importante.

 

El cambio del papel de la mujer

Cuando yo empecé en la Universidad éramos muy pocas; y de las pocas que siguiéramos carrera profesional, todavía menos. Entonces he visto como esto ha ido aumentado. Hay un momento decisivo también en los años 70- 80 en que también una gran amiga mía catalana, que ya murió, Margarita Riviere, decía: “Hay un momento en el que la revolución feminista, la revolución de las mujeres que como decía doña Emilia Pardo Bazán se estaba haciendo ya en su época sin derramamiento de sangre”. Decía Margarita Riviere que “La gran revolución de esos años había sido la distinta percepción que las mujeres habíamos tenido de nosotras mismas’; es decir, el cambio interior de saber que se podían hacer las cosas y realmente ahí hubo unas generaciones que luchamos, hay una continuidad que en este momento pues es casi global.

 

Una reforma de la Constitución

Yo creo que la Constitución del 78 admite perfectamente unas reformas, porque es eso, un marco jurídico. Ahora intentar partir de cero es una barbaridad porque en el caos, cuando existe caos, cuando hay esos momentos cero, generalmente son los más osados y no los mejores los que se hacen con el poder. Eso lo enseña la historia muy claramente y la neurociencia lo confirma, porque yo siempre lo he leído en los clásicos, desde los griegos a Montesquieu y a todos los liberales del siglo XIX y XX, que insisten en que el poder corrompe. Y el poder corrompe, no tanto porque se meta la mano en la caja, que a veces también, sino porque sobre todo se pierde el sentido de la realidad. Y perder el sentido de la realidad, eso que decían los clásicos que hasta la virtud necesita límites, esa tendencia del abuso de poder que hay en la condición humana, ahora la confirman los científicos de una manera clara.

El cerebro humano recibe una serie de sustancias químicas cuando manda, cuando cree que manda o cuando cree que tiene poder que son muy satisfactorias y se acaba perdiendo el sentido de la realidad. Se cree que se puede hacer una cosa desde cero sin costos o con costes para otros, con lo que perdemos todos.

Y el poder corrompe, no tanto porque se meta la mano en la caja, que a veces también, sino porque sobre todo se pierde el sentido de la realidad.

 

La monarquía parlamentaria

La monarquía parlamentaria es uno de los instrumentos jurídico-políticos más sabios que existen porque combina la estabilidad con el límite de poder perfectamente. Y evita estar en incertidumbres cada cuatro años, ya que tenemos a una persona, un rey, preparado con sentido del Estado, con sentido de la responsabilidad y es muy bueno tener a alguien que no vaya al cortoplacismo, sino que sepa que ese es su papel y que es absolutamente respetuoso en todos los sentidos con la Constitución.

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