MIRANDO DESDE EL PRESENTE

La marcha del Orgullo LGTBI congregó en 2018 en Madrid a cerca de 700.000 personas, según datos de la Policía Nacional. Además, se estimó que hasta un millón de personas visitaron la ciudad con motivo de las fiestas y que las mismas generaron un impacto económico de cerca de 200 millones de euros. Unas cifras sensacionales que demuestran que España y  su capital son una de las paradas más importantes de Europa a la hora de pregonar los derechos y libertades de este colectivo.

Pero para llegar hasta aquí ha habido que recorrer un largo camino. No hace ni 50 años que en España se aprobó la Ley 16/1970 sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social, la cual sustituía a la Ley de Vagos y Maleantes, originaria de 1933, y  que la dictadura franquista se había encargado de adaptar en 1954 para que también persiguiera a los homosexuales. De hecho, así se reflejaba en el texto de dicha normativa, ya que indicaba que a los que realizaran “actos de homosexualidad” se les impondrían medidas como “internamiento en un establecimiento de reeducación”, así como “prohibición de residir en un lugar (…) o de visitar ciertos lugares o establecimientos públicos”.

Las penas estipuladas en esta ley iban de multas económicas a hasta cinco años de internamiento  y reclusión para intentar rehabilitar a estas personas. Y así se mantuvieron durante ocho años más, a pesar del fallecimiento de Franco en 1975 que propició el fin del régimen. Ni siquiera a través de la Ley de Amnistía de 1977, porque esta no tuvo en cuenta sus afectados. Así, se calcula que en este tiempo cerca de 3.000 personas fueron represaliadas por la Ley de Peligrosidad y de Rehabilitación Social, incluyendo a un millar deencarcelados en los centros habilitados de Huelva y Badajoz.

Un amplio movimiento social que impulsó el cambio

La muerte de Franco abonó el terreno para una Españamás libre y democrática, por lo que poco a poco los responsables políticos se movilizaron para abordar los cambios que la sociedad demandaba. No en vano, a mediados de 1977 surgieron las primeras manifestaciones en Barcelona para solicitar la despenalización de la homosexualidad y poco a poco se instaló un debate a nivel gubernamental para tomar modificar la Ley en este aspecto y en otros, como en sus referencias a “rufianes” y “proxenetas.

De hecho, en menos de un año se produjo el cambio esperado y se dio un primer paso, aunque no el definitivo que muchos hubieran deseado. Este se gestó de forma casi paralela a la Constitución, ya que en el artículo 14 de la misma se apuntaba que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Así, la Ley 77/1978, de 26 de diciembre, se encargó de modificar la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Socialpara hacerla más acorde a lo estipulado por la Carta Magna. La misma derogó y dejó en blanco preceptos y artículos concretos; así como revisó otros para hacerlos acordes a los nuevos tiempos. De esta forma, la homosexualidad dejó de ser delito en España y finalizó la persecución institucional a este colectivo; si bien todavía quedaban muchos aspectos por pulir y erradicar.

Ejemplo de ello es que las personas encarceladas por esta circunstancia no fueran amnistiadas hasta 1981, un año más tarde de que la legalización de las organizaciones gais. Y no solo eso, porque todavía quedaban algunos aspectos normativos que todavía recordaban a tiempos pasados, como el delito de escándalo público, el cual hasta 1988 consideraba la homosexualidad como una “conducta provocadora. Por no recordar la comentada Ley de Peligrosidad Social, la cual no desapareció hasta 1995.

Dos décadas de trabajo y lucha para disfrutar de plenos derechos

Las reivindicaciones y manifestaciones del colectivo LGTB fueron dando sus frutos y España pasó, en cuestión de 20 años, de perseguir la homosexualidad a velar claramente por sus libertades. Así, en 1995 se aprobó un nuevo Código Penal en el que se incluyó la protección de la orientación sexual; y se consideró además como agravante el “delito de la homofobia”. Sin duda, algo muy importante, aunque todavía no se podía hablar de una igualdad plena en lo que respectaba a algunos derechos fundamentales.

Tuvieron que pasar otros diez años hasta que en 2005 España se convirtió en un país pionero al legalizar el matrimonio entre homosexuales. El 30 de junio de 2005, el Congreso de los Diputados aprobó la Ley 13/15 que permitía las uniones civiles entre personas del mismo sexo, facilitando que dos ciudadanos, independientemente de su género, se pudieran casar si así era su deseo. Hasta ese momento solo Países Bajos,  Bélgica y Canadá ya habían dado tan importante paso.

Esto abrió el camino para que 4.500 parejas del mismo sexo decidieran casarse durante el primer año de vigencia de la Ley. Todo un éxito que no dejó de engordar sus cifras, ya que para 2016 ya se habían celebrado casi 40.000 enlaces. Por ello, España se ha convertido en modelo y referencia para otros países, y en pleno 2019 ya son una treintena los que han legalizado este tipo de uniones.

Y es que España puede estar orgullosa de lo que ha evolucionado en estos últimos 40 años. Su política legislativa y social ha girado 180º y ha pasado de ser un país que perseguía la homosexualidad a ser un ejemplo de igualdad y respeto. De hecho, según el instituto estadounidense Pew Research Center (2018), el nuestro es el tercer país de Europa en el que hay más aceptación hacia el matrimonio homosexual, solo por detrás de Dinamarca y Suecia. Un dato que refrenda el medio especializado Spartacus World, el cual en 2018 señaló que España es el tercer país con mayor aceptación del colectivo LGTB, solo superado por Canadá y Suecia.  

Pese a ello, todavía queda algo de camino por andar hasta alcanzar una igualdad plena y absoluta en el ámbito social. Pero de lo que no hay duda es de que España está a la cabeza del cambio en la senda correcta; y de que, quizá, en un futuro no muy lejano, llegue el momento en el que la palabra “homofobia” deje de tener sentido.

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